jueves, 1 de octubre de 2015

Dios llora


Óscar Iglesias Alvis
El papa Francisco, en su visita a Estados Unidos, tuvo un encuentro con algunas víctimas de pederastia de sacerdotes católicos en el país del Tío Sam. La expresión —“Dios llora”— muestra el carácter con el cual ha asumido los 3420 casos de pederastia (con 884 sacerdotes destituidos por esa razón) que investiga la iglesia Católica en los últimos 10 años. Asunto que sus antecesores eludieron.
Un médico pediatra en Colombia fue condenado por abuso sexual a menores de edad. En el Dorado capturaron a otro pediatra acusado de ser el jefe de una red de pedófilos. En el Reino Unido un pediatra recibió condena de 22 años por abusar de hasta 800 menores. Pasa en todo el mundo y no solo con médicos. En 1995, el diario El País de España publicó un informe emanado de la Sociedad contra la crueldad infantil en el Reino Unido; en él se reveló que uno de cada seis británicos dijo haber sido víctima de abusos sexuales. La respuesta del gobierno no fue la esperada; por el contrario, el gobierno desdibujó la noticia.
Recientemente en la misma Gran Bretaña, el fallecido exprimer ministro Edward Heath fue acusado de pedofilia; incluso, se afirma que entre los años 70 y 80 hubo una red pedófila que habría operado en los pasillos del Parlamento de Westminster.
Como puede verse, no solo son pederastas aquellos sin profesión, sin títulos nobles; los degenerados y enfermos, los que ocupan primeras páginas de diarios sensacionalistas. No. En la cadena de abuso sexual que históricamente ha padecido la población menor de edad, están los doctores, los “santos”, los profesores, los progenitores y aquellos cuya profesión es cuidar de los niños. Pero también están los menores que ejercen violencia sexual contra otros más pequeños; las cifras en algunos países indican que el 20% de las violaciones las realizan menores de edad.
El abuso sexual de menores es un asunto lleno de falsas creencias. Solo después de 1960, en Europa, se dieron las condiciones sociales y científicas para el reconocimiento social del problema. Hecho que aún no ocurre en Colombia; apenas voces airadas —con razón— convocando la pena de muerte, la cadena perpetua, sin llegar al reconocimiento social del problema, de su importancia clínica y el estudio científico y sistemático de su incidencia. Así las cosas, “Dios llora” y seguirá llorando. 

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