jueves, 6 de septiembre de 2012

Ignominia


NICARAGUA 
A los que preguntan por qué se trató de ocultar la reciente violación, cometida por oficiales de la policía a quienes se dará baja deshonrosa, a la niña de 12 años con discapacidades, simplemente hay que responderles: porque los delitos sexuales contra la niñez gozan de una inmensa impunidad y complicidad social, mucho mayor aún cuando son cometidos por personas que detentan alguna cuota de poder.

En la actualidad no hay situación más grave en el país, oculta, extendida y sórdida que la violencia sexual contra la niñez. Y no hay delito que goce de más aceptación cultural y sea menos denunciado, más absuelto y menos condenado. Según el reciente estudio de Visión Mundial en 900 hogares urbanos y rurales en 26 localidades y 19 municipios, dado a conocer la semana pasada, alrededor del 64% de madres y padres prefieren mantener en secreto el abuso sexual contra sus hijos e hijas, y el 44% de adolescentes, niños y niñas eligen el silencio para no ser señalados o estigmatizados y por temor a represalia de los agresores. Entonces, ¿Cómo conocer en realidad la magnitud del problema?
A la vez, el 28% de los adolescentes, el 27.6 % de los padres y el 22.9% de las madres considera que no siempre se les debe creer a los niños, niñas y adolescentes cuando revelan haber sido abusados sexualmente, y en el caso de las adolescentes abusadas, un tercio de los encuestados consideran que de alguna manera provocan la situación.

Ello se debe a la profunda y extendida creencia de que los hombres son propietarios de las mujeres de la familia, incluyendo parejas, hijas, entenadas, sobrinas, nietas, etc. No se trata sólo entonces del abuso de poder sino del sentido de propiedad sobre el cuerpo femenino y los cuerpos infantiles, y por tanto del valor que adquiere el cuerpo virgen en una cultura donde se comercializa la sexualidad. Es una cultura que concibe la sexualidad masculina como un imperativo, un derecho y un impulso irrefrenable y que sataniza la sexualidad femenina, señalándola de provocar al hombre que resulta “víctima” de la tentación del cuerpo femenino.
Como consecuencia, existe una enorme brecha entre la legalidad y normativas institucionales existentes y las creencias y mentalidades de operadores policiales o judiciales y en general de la población, que se caracterizan por el atraso educativo y cultural que alienta esa visión patriarcal y adultista.

De manera que la reciente ley que penaliza la violencia hacia las mujeres y el Código de la Niñez y la Adolescencia, instrumentos valiosos para hacer justicia, se convierten en la práctica en un recurso inalcanzable para tantas víctimas enfrentadas a situaciones terribles y humillantes en las cuales se combina la falta de confianza en su palabra, la culpabilización familiar y social, la exposición al público sin protección ni resguardo de sus derechos, la revictimización, la absolución frecuente de los acusados y la falta de atención psicológica y apoyo emocional.

Ante todo ello, sólo podemos decir ¡basta!, porque la violencia sexual contra la niñez es la peor epidemia nacional y sus consecuencias son enormes, no sólo para la víctima y sus familiares, sino para toda la sociedad. Aceptemos que son raras y excepcionales las familias donde no se conoce al menos un caso, inmediato o más o menos próximo y aceptemos de una vez que ésta es la peor ignominia en nuestra sociedad, a la que sólo podremos enfrentar involucrándonos individual y colectivamente, en forma valerosa y decidida.

*Directora del Centro de Prevención de la Violencia (CEPREV)

Mónica Zalaquett


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