martes, 13 de marzo de 2012

'El precio de un niño


El presidente de Mensajeros de la Paz en Benín, cuyo nombre de cuna es Kouduro Rama Yao pero a quien todos llaman Florian, encabeza desde hace diez años esta filial de la organización del padre Ángel García en un país donde el abandono de niños no está tipificado como delito y la trata de menores y la explotación infantil se encuentran a la orden del día, hasta el punto de que, según afirma, "el precio de un niño depende de lo bueno que seas haciendo el negocio".
Florian dirige uno de los dos centros de protección infantil que Mensajeros regenta en el país y preside la Respect, una red local de ONG, asociaciones y congregaciones religiosas organizada para rescatar y proteger a los niños de todo tipo de condiciones de abuso y violencia, con un método que funciona y que en las próximas semanas se convertirá en decreto ley marcando las pautas de trabajo con menores y los estándares de calidad de los centros de acogida de todo Benín.
Esta red de "ojos", que trabaja en estrecha colaboración con la brigada policial de menores, vigila los mercados, lugares preferentes tanto para el abandono de niños como para su compra venta, y dan la voz de alarma. El equipo de Mensajeros acude a la llamada, acoge al niño en su centro de protección y emprende una labor detectivesca para componer las piezas del puzzle de su historia y encontrar a su familia.
Algunos escaparon de un matrimonio forzoso, de la explotación laboral, del abuso sexual o de los malos tratos que les ofrecía su casa y acabaron perdidos en la gran ciudad. Otros fueron abandonados por sus padres, vendidos a quienes prometieron darles un futuro mejor o simplemente, se despistaron de la mano de sus madres en el mercado de Cotonú, la capital económica de Benín, que cuenta con uno de los bazares más grandes de África.
"Cada día en el mercado de Cotonú hay niños abandonados o perdidos. Pasa todos los días. A veces hay familias que no tienen dinero y vienen, los dejan y se van. También hay muchas niñas que vienen de los pueblos de los alrededores de Cotonú, que se escapan por lo que sea y acaban aquí para buscar trabajo. Llega alguien, les ofrece dinero por trabajar y se las llevan, pero eso se convierte en una historia de violencia sexual o esclavitud", ha explicado.
Florian apunta que cuando se 'compra' o capta a un niño puede ser para hacerle trabajar en el mercado, aunque "otra opción suele ser mandarles a la cantera, que es el trabajo más duro", porque los niños, que llegan a perder toda la dentadura por las condiciones en que se encuentran, están picando la piedra para que el explotador saque beneficios vendiéndola.

Buscar a la familia

"Otras veces es para trabajo doméstico. El niño limpia tu casa y tus hijos se van a la escuela mientras él sigue allí trabajando", lamenta Floriann, quien afirma que "los casos más difíciles son los de niños, aunque se abandonan más niñas, porque dentro de la cultura no tienen el mismo valor que los niños, ya que no pueden guardar la dinastía y con ellas el apellido se pierde".
Una vez localizado el menor, la organización se dispone a averiguar cuál es su problema. "Enviamos asistentes para ver qué pasa con la familia, hablamos con la brigada de menores para declarar que hemos encontrado al niño en situación de abandono y, después, acudimos a la justicia a por otro papel, que es la declaración de abandono, por la que se nos concede la tutela provisional. A partir de ahí, el niño se viene al centro", explica.
Lo que permanezca junto a los otros niños recogidos por la organización dependerá de la suerte que tenga Mensajeros de la Paz en la localización de la familia y la resolución del conflicto. La estancia media es de seis meses, aunque hay menores que han llegado a estar tres, cuatro y hasta seis años, en un caso, viviendo en el centro de la organización. En la actualidad, hay más de 60 tutuelados en los dos centros, aunque por allí han pasado cientos.
Cuando el niño ingresa en el centro, llega en unas condiciones "muy difíciles" y "normalmente, es muy violento". Sin embargo, la experiencia de los trabajadores, su colaboración con una psicóloga infantil y la acogida por parte del resto de niños cambia la situación. "Tenemos una suerte fantástica porque los propios niños se ocupan de poner en condiciones al que llega, que inmediatamente va a tener un amigo", apunta el director del centro.

Historias para no dormir

Mientras se produce este proceso y el niño comienza a hablar de lo sucedido, Mensajeros de la Paz investiga sus orígenes y trata de localizar a la familia. Se dan tantos supuestos como niños. Una noche, recibieron el aviso de que dos menores de 3 años y año y medio estaban solos en el mercado. Les acogieron y, por su acento, dedujeron que procedían de algún lugar de la frontera con Togo. Movilizaron todos sus recursos, publicaron imágenes en la televisión de aquel país y, al cabo de un año, encontraron a los padres.
"La madre de los pequeños había sufrido un infarto en el mercado de Cotonú. La ambulancia se la llevó, pero nadie sabía que tenía niños", explica Florian, aunque reconoce que no todas las historias acaban con un final feliz. No hace mucho, Mensajeros reintegró con sus parientes a uno de los niños rescatados de la explotación laboral y durante el seguimiento del caso la organización descubrió que la familia le había mandado de nuevo a trabajar a Nigeria.
No obstante, "es raro" que sucedan estas cosas. Cuando la organización localiza a la familia, habla con las autoridades de su aldea para que la obliguen a acudir al centro. Previamente, se habla con el niño para saber qué miembros de su familia considera amigos. El familiar que finalmente se hace cargo del menor, que en muchos casos no es un progenitor sino un tío o un abuelo, asume la tutela legal y queda bajo vigilancia de las autoridades de su aldea, que también se implican en el proceso.
Durante los dos años siguientes, Mensajeros hace un seguimiento caso por caso de las reintegraciones familiares y, a partir de ahí, organiza unos campamentos de verano de obligada asistencia para todos los niños reintegrados, incluso los que ya llevan más de tres años con sus familias. "Es una oportunidad fantástica para tener tiempo y que el niño te cuente qué ha pasado durante el último año y, si hay algo raro, volvemos. Normalmente todo va bien, pero hay casos", añade.
A veces, se producen sorpresas, como un niño refugiado cuya madre falleció y que fue derivado a una familia de acogida, con la que actualmente vive, tras pasar seis años en el centro. Casi ocho años después, Mensajeros de la Paz ha localizado a un hermano suyo en Congo. "Te da alegrías, pero trabajar con protección infantil es muy difícil. No duermes pensando en las historias que te cuentan los niños y te preguntas una y otra vez cómo es posible que pasen estas cosas".

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