domingo, 20 de noviembre de 2011

CARTA ABIERTA A LA SOCIEDAD


Respetado político, estimada prensa, querida sociedad:

Me dirijo a ustedes con intención de explicar una situación anómala que viene aconteciendo desde la noche de los tiempos, pero que hasta ahora no hemos sido capaces de reconocer como un problema. Un problema muy grave. Hablo de los Abusos Sexuales Infantiles.

A veces creo que el mundo entero vive dentro de una cueva oscura, y sólo unos pocos nos atrevemos a ver la realidad. Porque parece que todo el mundo se empeña en mantener los ojos cerrados. Como si no desearan mirar por si mismos una realidad que se esconde detrás de las puertas, dentro de las camas, en los dormitorios infantiles, en el fondo de los armarios, enterrado bajo tierra, como los muertos.

La historia está llena de relatos y situaciones que hoy en día no se deberían concebir como normales. En la antigüedad ya se leían relatos de niños “iniciados” en el sexo por sus mentores o de niñas vendidas como propiedad de su padre a otros hombres sin ningún reparo. En la edad media el noble, amo y señor de las tierras que regentaba tenía no sólo el derecho de pernada sino además, el acceso a todas las hijas e hijos que sus vasallos dejaban bajo su protección. Y ahí muchos se han ensañado con sus súbditos. Han existido muchos casos en la vieja Europa de reyes y reinas desposados cuando aun eran niños y el mismísimo Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, llegó a pensar que las mujeres teníamos mucha imaginación al no poder creer la innumerable cantidad de pacientes que aseguraban haber tenido una infancia incestuosa.

A todos nos parecería una barbaridad que hoy en día se siguieran dando estas situaciones. Nadie estaría dispuesto a aceptar que, por ejemplo por razones de estado, la Infanta Doña Sofía, nieta de los Reyes de España, fuera casada con 8 o 9 años y mucho menos que su marido fuese un hombre se 30 o 40 años.

Siento mucho decirles, estimados lectores, que estas situaciones no forman parte del pasado. Y no voy a remitirme a países del tercer mundo, al África negra, donde la ablación sigue siendo práctica habitual, o a los países árabes, donde aun se casa a las niñas para saldar deudas familiares. Está ocurriendo aquí, ahora. En el portal de al lado, a la niña que va a la clase de su hija, a los hijos de su mejor amiga. No de manera “legal” pero sí de manera oculta. Y no me refiero al tráfico de niños utilizados en redes de prostitución que existen escondidos dentro de nuestra sociedad perfecta. Me refiero, concretamente al abuso intrafamiliar, el que se comete todos los días en casa al abrigo del secreto del agresor y que la víctima, por miedo y vergüenza también mantiene.

Si, lo sé. Muchos no me creen. Las cifras dan miedo. Algunos sugieren que se engordan para que las asociaciones reciban más dinero. O que los adultos que nos decidimos a hablar después de años sólo queremos venganza, dinero o atención; cuando no se sugiere directamente que mentimos. Nadie esta dispuesto a admitir que no lo ve. No pueden creer que no se hayan dado cuenta. Aún se sigue pensando que eso no le va a tocar a uno cerca de su casa. Jamás imaginan que hoy mismo pueden haber estado hablando amigablemente con un depredador. No se les pasa por la cabeza que su sobrino puede estar guardando con enorme vergüenza su secreto. Y por supuesto, a sus hijas jamás las tocará nadie. Mamá nunca se relacionaría con semejante calaña. A no ser que las niñas tengan la mala fortuna de cruzarse con un enfermo de esos que seguro que vive escondido entre los cartones del supermercado.

Llevo varios meses escribiendo un blog en el que cuento mi propia experiencia y algunos meses más aprendiendo sobre la realidad oculta que existe bajo la superficie. Una verdad incómoda que nadie parece dispuesto a destapar. Tengo costumbre de colgar en el Facebook un enlace al blog cada vez que publico una entrada nueva, y muy a mi pesar, apenas la comparten tres o cuatro amigos. La mayoría de la gente pasa olímpicamente del link, y obvian todas las noticias relacionadas que cuelgo de vez en cuando. En alguna ocasión me señalan con un “Me gusta” el comentario, pero es rara la ocasión en la que colaboran en la difusión. Los únicos que publican casi exclusivamente toda la información que cuelgo son otras víctimas que me conocen de un foro de ayuda mutua en el que estoy suscrita.

No les culpo. Yo he tardado cuarenta años en hablar de mis abusos. Sé por experiencia que es un asunto difícil, que no gusta. Es como hablar del hambre en el tercer mundo, la energía nuclear o las injusticias sociales existentes en el barrio marginal de tu ciudad. Supongo que a mí se me puede acusar del mismo delito.

Creo que todos lo hacen –lo hacemos- por miedo. Miedo a que las conciencias no nos dejen dormir por la noche, sabiendo que se puede recordar y reconocer haber visto alguna vez indicios claros de abusos sexuales infantiles y se ha mirado hacia otro lado.

Las cifras son demoledoras: 1 de cada 4 niñas y 1 de cada 6 niños han sufrido algún tipo de abuso sexual; y dentro de ese grupo, el 25% han sufrido algún tipo de violación oral, anal o vaginal. Y solo 1 de cada 10 personas que conocen o sospechan de un caso de abusos lo denuncian.

Espero que todos nos demos cuenta de lo que estas cifras significan: haciendo una media y echando un poco de imaginación, cuatro de las diez personas con las que hemos hablado en las últimas veinticuatro horas, o que se han tomado un café en nuestra cafetería favorita han sido víctimas de abusos de algún tipo, -tocamientos, exhibicionismo, ser fotografiadas o grabadas en vídeo…- y al menos una de esas personas, ha sufrido, además una violación con penetración en una parte de su cuerpo, antes de cumplir los 17.

Aunque solo sea por pura estadística, todos hemos estado en contacto con más de una víctima sin saberlo.

Y a todos nos avergüenza creer que no hicimos nada. Y para que esas conciencias se tranquilicen, la sociedad como colectivo silencia el enorme problema que son los abusos.

Algunos minimizan el asunto y no lo consideran un problema grave: "Era muy pequeño, es imposible que se acuerde, no le ha hecho daño, El niño lo interpretó mal". Los hay incluso que los justifican: "De niño el agresor sufrió mucho, por eso lo hace, no se da cuenta, solo tenía que haberle dicho que no, la culpa es de la familia de la niña, que no la vigila y se lo permite todo…" Cuando salen noticias en la prensa de niñas de 13 años que quedan embarazadas, he leído comentarios que argumentan el hecho: “no hay moral, las visten como putas, se deja que niñas de 13 años tengan sexo …” cuando en realidad no es sexo, son abusos. La niña no sabe que puede decir “no”. No tiene capacidad para negarse, o la han engañado para que acceda sin ser consciente de todo lo que vendrá después.

Porque creo que poca gente es consciente de lo que viene después. Mi blog es solo una pequeña muestra. Y la gente que lo lee, los que no son supervivientes, aun se sorprenden de las cicatrices que tengo. La lista de secuelas es enorme. Nadie imagina la cantidad de detalles de nuestra vida posterior que se han trastocado por los abusos. Nadie me cree cuando digo que mi olfato atrofiado es producto de mi infancia.

Y para mayor espanto se cree que la media de un abusador es de entre cuatro y nueve niños y/o niñas víctimas de su agresión. Habría que preguntarse, cada vez que se detiene a uno, ¿cuántas víctimas existen ocultas, si se calcula que solo se descubre una mínima parte de todos los casos?

Pero no voy a hablar de cifras porque entiendo que son enormes y la gente no las cree. A la mayoría de la gente le parecen exageradas porque eso significaría que deberían conocer al menos un caso de primera mano, como he puesto en mi ejemplo de la cafetería. La principal razón por la que el asunto permanece oculto es que se retroalimenta el problema: Yo, que soy una víctima, jamás le diré a alguien que no se cree esas cifras que mi padre abusaba de mí. Porque una de las primeras consecuencias de sufrir abusos en la infancia es la culpa. Nadie nos explica porqué ocurre, porqué nos tocan, porqué se desnudan o nos muestran pornografía, nadie nos explica porqué nos violan, y automáticamente nos da vergüenza que alguien más lo sepa, porque de alguna manera creemos ser coparticipes de algo asqueroso. Un niño jamás cuenta que esta siendo abusado.

Los pocos casos que se descubren son de manera accidental. Con el paso de los años la mente puede esconderlo. Muchas víctimas lo han olvidado durante años, numerosos estudios lo confirman y puede salir a la luz de nuestra consciencia muchos años después, por un embarazo, la muerte de un ser querido, un accidente… Y tanto los que lo hemos recordado siempre como los que lo habíamos olvidado, cuando somos adultos, al contarle a alguien escéptico que tu padre te violaba cuando eras niña corres el riesgo de que te diga que lo imaginas, exageras o mientes, porque esas cosas se supone que se deberían contar cuando ocurren, no varios años después. Te acusan de querer inspirar lástima o de buscar venganza. Y es tan doloroso como acusar a una mujer que denuncia su violación de haber provocado al agresor con su ropa o su forma de caminar, o que se lo inventa. Y como yo no lo cuento, como la inmensa mayoría de las víctimas no lo cuenta jamás, el resto de la sociedad no se entera. Si ya sufrimos la humillación de perder nuestra infancia y el miedo a hablar, la incredulidad de muchos nos hace sentimos abandonados a nuestra suerte. Por eso las cifras permanecen ocultas.

Si encontramos a alguien digno de nuestra confianza, y nos atrevemos a contarle nuestro dolor, en algunos casos, nos piden que sigamos callados. Es vergonzoso que tu familia sepa que a tu novia la tocaba su tío en su habitación, después de convencerla con unos regalos que tenía guardados para ella en su armario. Nadie está dispuesto a reconocer que a su marido, su padre le masturbaba en el baño, cuando se duchaba. Y el mundo sigue pensando que esto es mucho menor de lo que es.

Después, cuando por fin hemos roto ese silencio, y nuestra compañía asume que no queremos callarnos, porque tarde o temprano la bomba explota y deseamos hablar, entonces llegan los cuidados paliativos para ellos mismos: Nos piden que no hablemos, que nos hace daño hablar, para no oírlo ellos. Es cuando te dicen que lo olvides, que ya es pasado, que porqué vuelves otra vez con eso… Y esto no se olvida así como así. Yo no tengo un interruptor en la cabeza que enciendo y apago a voluntad para recordar u olvidar cuando mi padre me metía mano. La mente de un niño es manipulable para lo bueno y para lo malo, y al igual que vosotros sentís nostalgia de los Reyes Magos o del Ratoncito Pérez, y que escondéis los juguetes que les compráis a vuestros propios hijos hasta el momento oportuno porque una vez creísteis en ello, yo también recuerdo el juego macabro que me enseñaron de niña.

Las secuelas pueden ser enormes si no me ayudan. Que a nadie se le ocurra dudar ni por un momento de la gravedad de lo que una víctima cuenta. Da igual si sucedió una tarde en casa del vecino o los abusos se alargaron durante años por un familiar. La vara de medir la establecemos nosotros, las víctimas. Nosotros sabemos mejor que nadie la gravedad de nuestros abusos, en base a cómo nos afectaron.

Todo nuestro mundo gira alrededor de ese infausto momento en que ultrajaron nuestro cuerpo. Y no se puede esconder en el desván porque el recuerdo está vivo y hasta que no nos recuperemos campa a sus anchas por nuestra mente, seamos o no conscientes de ello. Y existen consecuencias y comportamientos que jamás conseguiremos hacer desaparecer.



Ahora me gustaría dedicar unas palabras a algunos grupos sociales concretos que creo que deberían revisar sus códigos deontológicos. En primer lugar quiero dirigirme a la prensa:

Si, la prensa, los medios de comunicación, el cuarto poder. A todas esas personas que crean y modifican opinión, que sólo si quieren, pueden hacer de un asunto concreto un drama, una fiesta o un conflicto.

Porque todavía es casi anecdótico en las noticias, porque se hace referencia de algún caso en la sección de sucesos, pero tan pronto como se relatan los hechos, se olvidan. Nunca más se vuelve a saber. Nunca se cuenta lo que ocurre detrás de la noticia, los años de injusticia que en muchos casos hay detrás, las ocasiones en las que el acusado del delito sale impune o que las otras víctimas de ese mismo agresor es posible que no hablen jamás. Se trata el tema de manera aséptica, sin entrar en el fondo del problema, y en muchas ocasiones con insinuaciones a cerca de la integridad de la víctima que rozan la desvergüenza. O situaciones en las que incluso el agresor se “aprovecha” con vuestra colaboración interesada de la situación, cuando estáis dispuestos a pagar al infame o a alguien asociado a él una cantidad indecente de dinero por sus declaraciones, sólo por el reporte económico que vais a recibir en publicidad. Vendiendo morbo disfrazado de “denuncia social”.

Y cuando la prensa se pone “seria” con el asunto, siempre es por un interés oculto tras la denuncia. No, no voy a tirar la piedra y esconder la mano, me refiero, por ejemplo, a los casos que pueblan la red con la pederastia en la iglesia. Asunto muy de moda últimamente. Ahí hay mucha tela que cortar, y si bien es cierto que hacéis bien vuestra labor de denuncia contra los dirigentes de la iglesia, esos que para tapar sus vergüenzas esconden el escandalo trasladando a los posibles acusados a otras diócesis, e impidiendo que la justicia haga su trabajo cuando quiere hacerlo, también os aseguráis de recordar el apoyo político del que disfrutaron en el pasado e insinuáis sin nombrarlos en esas denuncias, que todos los católicos simpatizan con esas prácticas o al menos las disculpan, cuando lo cierto es que son gentes de buena fe que pueden sentirse profundamente insultados al verse erróneamente retratados con los curas pederastas.

Pero no es el único asunto. También hay de vez en cuando prensa mediática que encuentra jugo en casos de entrenadores infantiles o profesores, y ya no hablemos si alguno de los implicados es un famoso de tres al cuarto. En cualquier caso, siempre os movéis por asuntos que poco o nada tienen que ver con la defensa de la justicia o del menor.

Porque os olvidáis de un detalle importante: la prevención. ¿cuándo tenéis pensado hacer una campaña masiva en condiciones para evitar que siga habiendo personas, que sigan utilizando niños como objetos sexuales? ¿Para cuando una campaña para explicar cómo se debe educar a los niños y a los adultos para que ante la primera acción de un abuso sepan qué hacer para cortarlo de raíz? Si, ya sé, no es vuestra competencia, eso debe hacerlo el estado a través del ministerio de educación o asuntos sociales. ¿Cuándo vais a empezar a meteros con el gobierno correspondiente para que haga algo al respecto? ¿Os parece difícil, costoso, no reporta beneficios económicos? ¿El gobierno actual es de vuestra línea política? ¿o ese tipo de morbo no vende?



Al poder ejecutivo, legislativo y judicial:

Nombro los tres poderes del estado porque sinceramente, desconozco cual es el campo de trabajo que abarca cada uno exactamente, y no me atrevo a delimitar sus competencias sin correr el riesgo de equivocarme, pero supongo que gente mas sabia que yo sabrá identificar, distinguir y repartir su parte de responsabilidad. Básicamente me refiero a aquellos que crean, regulan y aplican las leyes.

Para empezar hablemos de la denuncia, en la que se inicia una rueda difícil de controlar. Cuando alguien entra en esa rueda, sea víctima o verdugo, solo el azar es lo que marca el destino de los implicados. Un azar influido por la actuación de policía, jueces fiscales, y toda la familia judicial. Ya he explicado al inicio de esta carta las razones por las que no hablamos. Nuestro agresor nos inculcó el miedo, nos lo metió dentro, muy dentro y nos es casi imposible hablar. Si ya nos cuesta hablar con alguien en confianza de algo tan horrible, cualquiera debería imaginar lo que supone hacerlo ante luz y taquígrafos.

Pero quisiera hacer dos distinciones: si se descubre un caso de abusos, y la víctima es menor, se le obliga a declarar y contar con detalle la agresión. En numerosas ocasiones. Ante la policía, ante un perito, ante un médico forense, ante un juez, ante otro perito, ante otro forense, ante otro juez… y en muchas ocasiones esas declaraciones se hacen delante de su agresor. Y en algunos casos con el añadido de ver o saber que su propio cuerpo desnudo está en una foto o vídeo que observan y se pasan de unos a otros. ¿Se imaginan lo que eso le supone a una niña de 9 años, por ejemplo? Y lo mas doloroso es que tiene tal confusión que no puede recordar detalles que le pide el juez, lo que le supone falta de credibilidad, y en muchas ocasiones acaba negando los hechos, porque prefiere callar y guardarse su secreto por el resto de su vida a tener que ser expuesta como una atracción de feria. Algunas víctimas prefieren volver con sus abusadores, sólo para no seguir con el proceso. Nadie imagina el daño y los innumerables trastornos que eso supone a largo plazo.

la segunda consideración es cuando la víctima ya es adulto. En España existe la prescripción del delito de pederastia y abusos a los 15 años desde la mayoría de edad de la víctima. Es decir tienes hasta cumplir los 33 años para denunciar. Yo le puse nombre a lo que hacia mi padre con 42 años. Jamás hubiera tenido valor para denunciarle antes, casi podría asegurar que incluso ahora, si tuviera la oportunidad no sé si sería capaz. Muchas víctimas permanecen en silencio durante años, y cuando se atreven a hablar, cuando el dolor y el daño los hace por fin romper el silencio, en muchos casos ya es demasiado tarde. Ya no se puede detener al criminal. Y si aún se está en los plazos y por fin se consigue que la denuncia siga adelante, cuando se le consigue condenar, además la ley nos desampara. No es comprensible que a un pederasta le caiga un máximo de 15 años de cárcel, y a nosotros nos caiga la perpetua por las inmensas secuelas psíquicas y a veces físicas que nos ha dejado. Y eso en el mejor de los casos, porque son presos modelo (en la cárcel no hay niños) y muchas veces salen muchísimo antes de finalizar sus condenas gracias a beneficios penitenciarios. Estoy segura de que aún se puede hacer mucho desde las instituciones. Yo misma he podido constatar los cambios que ha habido en los últimos cuarenta años en España, y me imagino que también habrá habido cambios en las legislaciones de otros países, pero sigue siendo muy poco. No dejéis el tema como algo menor. Es muy grave, afecta a mucha gente y no se puede seguir obviando en los programas políticos, y en las informaciones de los diarios.

La teoría del pretendido SAP (Síndrome de Alienación Parental) un invento de un presunto pederasta, Richard Gardner, que se quitó la vida hace unos años después de dejar lindezas como: “Los niños son naturalmente sexuales y pueden iniciar encuentros sexuales seduciendo a un adulto” y otras similares, y que dedicó su vida a ayudar a pederastas reconocidos a salir absueltos de los delitos de los que se les acusaba utilizando ese supuesto síndrome que no está reconocido por la OMS, ha sido desacreditada por la comunidad científica internacional, es muy dañino para las mujeres maltratadas y sus hijos, y es un arma en manos de maltratadores y pederastas, a los que la Justicia protege y cree firmemente.

Se pueden leer historias de niños que vuelven con su abusador o se les deja desamparados cuando a su agresor solo le caen unos meses de prisión. Por no hablar de cuando no se incluye el testimonio del menor por un defecto de forma. Definitivamente no creo en la justicia, creo en la gente. Pero me deprime ver que todos miráis hacia otro lado cuando algo no gusta.

¿para cuando una ley de protección del menor en condiciones? ¿para cuando la desaparición de la prescripción en los delitos de pederastia, abusos y pornografía infantil? ¿para cuando la equiparación de esos delitos con una agresión física grave? ¿Exagero? Es posible. Leí en una ocasión a una víctima que una violación es el asesinato del alma. Mi alma no está muerta, pero puedo asegurar que sí lo estuvo durante al menos 30 años. Si alguien hubiese enjuiciado y condenado a mi padre, éste habría estado libre mucho antes de que yo dejara de pensar activamente en suicidarme. Tal vez no haya matado mi alma, pero me ha dejado una herida tan profunda que apenas puedo respirar.



Me gustaría ahora dirigirme con cariño a aquellos que habéis tenido un contacto indirecto con el tema, los que habéis sido privilegiados de ser depositarios de la confianza de alguien que, como yo, ha sido víctima de abusos sexuales en su infancia y además estáis dispuestos a ayudar con todo vuestro corazón. Me refiero especialmente a los amigos, la familia, la pareja:

Te necesito. Ya sé que no me vas a ignorar. Que me darás todo tu apoyo a nivel personal porque me conoces, y no me vas a dejar en la estacada, aunque solo sea para mantener la relación de amistad y cariño que nos conecta, pero necesito que avances un paso más.

Necesito que reflexiones. No quiero que lo hagas por el vínculo que nos une, aunque sé que yo, ahora, me estoy aprovechando precisamente de eso. Pero necesito que reflexiones sobre los abusos sexuales infantiles.

Espero que entiendas por fin la razón por la que guardé silencio y no te lo conté antes, si es que ya me conocías. Y espero que entiendas porque me sigue dando vergüenza hablar de ello aunque necesite hacerlo y lo intente tímidamente. Y espero que cuando eso ocurra tú me ayudes a hablar, no me mandes callar, no cambies la conversación y seas capaz de escuchar. Escuchar con el corazón, porque quien te habla no será el adulto responsable, sino el niño que está encerrado en su interior.

Y espero que cuando escuches, puedas leer lo que aún no soy capaz de explicar con claridad, y espero que, cuando haga falta, des la cara por mí. Debería haber más movilización con este tema, es incomprensible que solo unos pocos (y además victimas casi exclusivamente) estén luchando por ello. Cuando todos los que hemos sido víctimas precisamente es a los que más nos cuesta denunciar incluso a nuestro propio agresor. Cuánto más nos costará denunciar públicamente esta injusticia.

Por lo tanto, sobre todo y por encima de todo necesito que tú hables de ello. En primer lugar porque me ayudas a mí: si esto no fuera un tabú, a mi no me daría vergüenza hablar de ello y así podría curar mi mente. Y en segundo lugar porque existen más víctimas potenciales que con tu silencio están desprotegidas. Para empezar tus propios hijos.

Si te has echado a la calle para que tu equipo de futbol no baje de categoría, o has hecho huelga para exigir mejores condiciones de trabajo, o te has manifestado en contra del terrorismo o del gobierno, deberías tener una buena razón para no echarte a la calle en mi nombre. Porque yo no puedo retratarme, yo no puedo luchar contra el mundo, bastante tengo con mantener controlado al monstruo que tengo en mi interior. Bastante tengo con no sentir la incomprensión de mi familia más cercana, aquella que se siente culpable por no haberme protegido en su día. Bastante tengo con no esconderme y desaparecer cuando me tropiezo con alguien que todavía me pregunta si estoy segura de lo que me ocurrió o se extraña de que después de tantos años aún siga rememorando el hecho.

Necesito que tú, que tienes más autoestima que yo, que no te da vergüenza que conozcan tu rostro, que tienes facilidad de palabra para protestar y explicar qué son los abusos sexuales infantiles sin el miedo irracional a que te vengas abajo o tengas un ataque de pánico, des la cara por mí. Que les cuentes a todos nuestra realidad, que rompas los tabúes y falsedades que sobrevuelan las conciencias de todos.

Tal vez te pido algo difícil, pero es importante para mi. Necesito que rompas el silencio.

Y cuando esté contigo, a solas, en la tranquilidad de un paseo por la playa, o la terraza de un café, o sentados al calor de un hogar, necesito que me comprendas cuando me aíslo de todo, cuando me alejo de ti, cuando lloro sin motivo aparente, cuando te respondo mal o cuando guardo silencio. Necesito que entiendas mis cambios de humor y de ánimo. Y mi necesidad de hablar, de sacar fuera mis demonios, esos que a ti te parecen tonterías. Y espero que cuando eso ocurra tú me ayudes a hablar, no me mandes callar, no cambies la conversación y seas capaz de escuchar. Porque normalmente no deseo tus consejos, sólo tu oído.



Por último quisiera dejar unas palabras a los protagonistas de esta carta, a las víctimas:

No puedo decirles mucho. Tan solo puedo contarles, a través de mi blog, algunos paisajes que he visto durante el viaje, pero no puedo enseñarles el camino que yo he recorrido, porque mis huellas se las lleva el mar en cuanto sube la marea, y ni yo misma las recuerdo. Y no tengo la receta, la fórmula mágica porque ni siquiera yo sé si estoy en la dirección correcta. No sé cuánto me queda. No sé si lo hago acertadamente. Aún voy a ciegas.

Pero creo que voy bien. Mi instinto me dice que voy bien, que estoy mejor, que es posible salir de la pesadilla, que no debemos abandonar. Que el camino es largo, y a veces difícil, pero la recompensa es impagable.

Y ante todo debéis tener muy clara una cosa: Las víctimas somos las protagonistas de nuestra propia historia. Somos héroes que han sobrevivido a horrores inimaginables. Somos mejores que James Bond, Rambo, superman, el hombre-araña, los X-men o Harry Potter. Porque nosotros hemos sobrevivido sin súper-poderes, sin preparación, sin magia, sin armas y lo más importante, lo hemos hecho en la vida real. Nuestra historia es autentica, sin artificios, sin banda sonora, aunque a muchos les parezca una nimiedad porque solo fue una vez, o una leyenda porque es imposible que le haya ocurrido a los hijos de su vecino durante años sin que se hayan dado cuenta, o un thriller basado en un libro de Stephen King.

Podemos sentirnos orgullosos porque hemos sido héroes a pesar de ser niños. Y tal vez el hecho de ser niños es lo único que nos ha dado ventaja en todo esto, porque es en la infancia donde eres capaz de creerlo todo, de asimilarlo todo, hasta el terror más absoluto. no tienes sentido del riesgo y tu mente abierta te enseña más: mientras los otros niños estudiaban –estudiábamos- para ser los mejores abogados, o el mejor médico; mientras los otros aprendían –aprendíamos- las tablas de multiplicar o a hacer un pentágono regular en el colegio; mientras todos memorizaban –memorizábamos- las obras completas de Miguel de Cervantes; mientras desafiaban –desafiábamos- la ley de la gravedad con los monopatines, las bicicletas o subiendo a los árboles; nosotros además aprendíamos a soportar el mayor horror del hombre, ser la víctima del depredador mas despiadado de la tierra.

No lo dudéis: Somos los héroes de nuestra propia historia. Y lo somos porque no sólo hemos sobrevivido, hemos podido salir victoriosos de la batalla y curar las heridas que nos deja nuestro depredador. Ahora solo falta que el mundo nos escuche y dé credibilidad a nuestras palabras.

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