lunes, 5 de septiembre de 2011

El niño que no podía dibujar el sol.


Tiene diez años. Su padre estuvo tres años preso, acusado de someterlo junto a otra persona. La semana pasada, un tribunal oral de Morón lo absolvió, a pesar de que el niño declaró y contó varios episodios en detalle.
El miércoles 17 de agosto, un niño de diez años declaró frente al Tribunal Oral 2 de Morón.–Mi papá –dijo el niño– me metía el dedo en la cola. Su pito estaba duro y se le hinchaban las venas. Veinticuatro horas más tarde, el padre de ese chico salió en libertad.

Antes de declarar, G. estuvo en la cancha de Deportivo Morón. Como le habían regalado un muñeco de los Power Ranger, aprovechó y pidió a varios jugadores que firmaran en el envoltorio. La situación le arrancó una sonrisa. Él ya conocía el procedimiento que estaba por enfrentar. Lo iban a encerrar en un cuarto con una pared vidriada. Del otro lado, sin que él pudiera verlos, iban a estar los jueces, abogados y su padre. Mientras recorrían la cancha, a G. le preocupó una sola cosa: que durante el trámite su progenitor no esté cerca de Noelia, la madre. Tenía miedo que cumpliera la amenaza de matarla si él contaba algo.Por eso, dice G., tardó en hablar.

Noelia y Pablo se conocieron cuando ella tenía 16 años. Él era apenas dos años mayor, pero oscilaba entre ser un adolescente sin proyectos y un marido conservador: todo lo que ella hacía –teñirse el pelo, usar anillos, tener amigas– le parecía “de puta”. En poco tiempo logró que dejara de estudiar y de salir. La situación empeoró cuando nació G. y se mudaron con los padres de él. La madre de Noelia iba a visitarlos para ayudar a su hija.–Esa vieja se interpone entre nosotros –se quejó Pablo–. Que no venga más.Desde entonces, Noelia se convirtió en prisionera.

La situación duró hasta que G. cumplió tres meses. Una mañana de febrero del 2002 ella dijo que tenía que llevarlo al médico. Juntó lo que cabía en un bolso chico, y se fue. Pablo la persiguió: amenazo con matarse, con matarla a ella, con matar a su familia. Noelia hizo una decena de exposiciones civiles, una por cada vez que era amenazada. Hasta que un día Pablo desapareció.

Recién cuando G. cumplió tres años reclamó verlo. El Juez de Paz de Moreno, Juan Francisco Radrizzani, le otorgó un régimen de visitas. Al principio, se lo llevó los domingos de 15 a 19, luego el fin de semana completo. En el año 2004, G. se quejó que su padre le había tocado la cola. Noelia no le dio importancia: pensó que había sido un accidente. El día 24 de noviembre de 2006, un tío abuelo de G. que es deficiente mental, lo manoseó. Noelia hizo la denuncia.

Para entonces, G tenía problemas de conducta. En el jardín mordía y le pegaba a los compañeros; en la casa, hacía pis detrás de las puertas y se escondía para hacer caca. Cuando la madre le preguntaba que le pasaba, él se negaba a hablar.–Mi cerebro –decía– no te lo quiere decir.

En el jardín podía bajarse los pantalones delante de otros niños, jugar a desnudar o tocarle la cola a los muñecos. Ese tipo de conductas, que los profesionales llaman hipersexualizadas, eran adjudicadas al episodio de abuso con el deficiente mental.

En 2007, Noelia lo llevó a una psiquiatra infantil. Le diagnosticaron ADD (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad), y lo medicaron con risperidona. G. empezó a babearse. Cambiaron de médico, y le dijeron que el niño era bipolar. En uno de los informes, las psicólogas que lo atendían dijeron que G., además de estar hipersexualizado, tenía “muchos secretos y no quería hablar del padre”.

En noviembre de 2007, Pablo dejó de llevárselo. Un mes después, el 21 de diciembre de 2007, G. no podía dormir. Cuando el sueño lo venció, Noelia se acercó a su cama y vio que se había hecho pis. Lo intentó cambiar y descubrió que todo estaba manchado con caca. Esa noche lo bañó dormido.

En la mañana, G. contó todo: primero a su abuela, después a la madre. En su relato también aparecía Antonio, un amigo de su abuelo apodado el córdobes.–Me tocaban en la cama y en el baño –contó–. Me hacían poner de rodillas con las manos apoyadas.

Aquel hombre –que mantiene con Pablo una extraña relación desde que este era niño– hoy está prófugo.

Después de la confesión, siguieron un año de pericias, entrevistas con cámara Gesell y tratamiento psicólogico. En una de esas entrevistas, G. se refirió a sí mismo como un “sujeto despreciable”, y al hablar de su papá dijo que no quería ir con él, porque “le metía el dedo en la cola, y le dolía”. En el informe de la profesional quedó asentado que, al decir eso, el niño se puso ansioso y si bien “no podía precisar año ni fechas concretas”, dijo que todo fue cuando él no podía defenderse.–¿Que querés que haga –le recriminó a la terapeuta– si yo era chiquito?

En ese mismo informe, la psicóloga dijo: “No hay indicadores de fabulación, ya que los niños no tienen capacidad de fabulación con lo sexual: pueden mentir sobre otras cosas, o inventarlas, pero no respecto de lo sexual”.–Fue algo contundente. Se nos puso la piel de gallina –recuerda una fuente judicial que siguió el caso desde el principio–. Vimos los resultado y dijimos: hay que detenerlo ya mismo.

Pablo estuvo tres años preso, refugiado en el pabellón evangelista de una cárcel de máxima seguridad. Tres veces pidió que lo excarcelaran o le den la morigeración de prisión y tres veces se lo negaron: las pruebas contra él eran abrumadoras.

La semana pasada se hizo el juicio. Duró apenas tres días. Declararon algunos familiares, varios psicólogos y el propio G. El jueves se hicieron los alegatos. Cuando terminó de hablar el último de los abogados, uno de los jueces dijo:–Vamos a hacer un cuarto intermedio de quince minutos para deliberar.

En los tribunales ya se sabe: si la sentencia se dice en el mismo momento, es casi seguro que se viene una absolución.

Cuando hicieron el anuncio, Pablo saltó de la silla, abrazó a su abogada, hizo lo mismo con los jueces y después se fue, libre al fin. Noelia no se acuerda cómo salió del lugar.

Los fundamentos de la sentencia se conocieron el miércoles pasado. Los argumentos fueron varios. Entre ellos se pueden destacar cuatro:-Que muchas veces, detrás de las denuncias por abuso se esconden conflictos entre los padres.-Que en los casos de abuso sexual infantil, la víctima es el único testigo, y la memoria es la única fuente de información para saber qué pasó. En este sentido, dicen los jueces, “la minoría de edad es un obstáculo importante”.-Quedó demostrado que G. se comportaba como un niño abusado, pero que no está claro si era como consecuencia del abuso sufrido por su padre o por su tío abuelo, algo que los expertos consideran una aberración. “No debería haber presentado tanta sintomatología en caso de un abuso aislado”, explicó un psiquiatra consultado por Miradas al Sur. “Los síntomas no se cortaron porque siguió el abuso, y demuestran que sufrió una agresión terrible”, agregó.–Vimos a un menor con un discurso claro y un lenguaje sofisticado– dijeron los jueces, pero que no pudo recordar fechas, por lo que su relato quedaba en una “zona gris”, llena de dudas.

Uno de los magistrados agregó que “innumerables entrevistas con propósito de develar la verdad terminan siendo una despiadada reiteración de situaciones de abuso emocional”. Y que se había encontrado frente a “un niño judicializado, respecto del cual cada operador ha ido dejando su impronta”, ignorando que en los casos de abuso, las defensas suelen apelar a eso: el paso del tiempo y embarrar los trámites judiciales para que los recuerdos y las víctimas se deterioren.

G. recibió la noticia casi al cierre de esta edición. Mientras le contaban lloró, pateó todo lo que pudo y pidió explicaciones que nadie le supo dar. En los últimos años había logrado avanzar un poco: dejó de tener tics permanentes, aprendió a leer, jugó a la pelota y sus dibujos cambiaron: ya no hay –no había hasta hoy– árboles que parecen falos amenazantes, ni zonas remarcadas con bronca en sus personajes.
Lo que no puede dibujar es el sol. Allí donde otros niños ven círculos con sonrisas, rayos y fuerza, él ve un pequeño ovalo apagado que no puede brillar.
Por  Sebastian Hacher

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